martes, 19 de julio de 2011

SOBRE EL ACTOR DE CINE. Segunda palabra.



Este fin de semana que acaba de pasar volví al cine. Quiero decir a hacer cine. Un proyecto más de Josep Vilageliu -que no significa precisamente un proyecto menos- reunió al equipo "de siempre". Laly, Vero, Elena, Aitor, Ramón, René, Edu, Marina, Chantal, Leonor, Josep y yo. Todos reunidos en un hotel de El Puerto de la Cruz. Mi parte de la experiencia, como la de Chantal, Marina y Leonor correspondía al trabajo actoral. Y una vez más volví a notar lo mismo, una mezcla entre tener que hallar soluciones y "encajes" sobre la marcha y la sensación de fragmentación y discontinuidad en la reconstrucción del personaje. Me explico. Se suele hablar de la inmediatez del teatro, pero eso solo es cierto en cuanto a que se trata de una experiencia de aquí ahora entre el público y los actores, porque, por lo demás, en el arte de Talía desde que se estrena una obra, ésta está montada de arriba abajo, y por mucho que cada representación sea irrepetible y aporte matices y hasta descubrimientos, la propuesta en todos los aspectos teatrales está ya cerrada. En cine, sin embargo, hasta que el director dice acción, por muchos ensayos que hayan precedido, no se sabe cómo va a funcionar cada secuencia o escena ante la cámara, y es muy frecuente -casi inevitable- que haya que tomar decisiones sobre la marcha y que en ellas incluso los actores -como es en el caso del trabajo con Vilageliu- puedan tomar parte en ellas. Quiero decir que en cine no hay un trabajo previo ya terminado, y que por mucho que el actor o el director tengan construido un personaje y las relaciones que éste tiene con los demás y con la trama, su esencia final no se verá hasta que comience el rodaje. Y el otro aspecto es el de la inevitable discontinuidad y consiguiente fragmentación. Cualquier actor de cine tiene que tener siempre presente en qué momento se encuentra de "curva de desarrollo" de su personaje, pues el plan de rodaje no respeta la progresión natural y cronológica, y ello provoca que, por más claro que se tenga todo, el actor se ve obligado a estar componiendo permanentemente un rompecabezas basado en el método de "de-dónde-vengo-a-dónde-voy". Y esto es mucho más difícil que mantener que la coherencia espacio-temporal y argumental ya cerrada del teatro. Esa es la tensión del cine, y decir que la ausencia del público y el poder repetir veinte veces una escena facilita las cosas, o peor, que las mecaniza, es no tener idea de lo que es este trabajo. De repetir veinte veces hablaremos otro día. Y de las maravillas de ser actor de teatro también. Para que no se crean...

EL INVIERNO EN TENERIFE. Primera Palabra.

Escribo, leo, tomo mate, escribo, en esta mañana invernal de julio. Y no estoy en Buenos Aires. Leo y escribo en mí van con frecuencia -o podría decir siempre- aparejados. De hecho, leer me lleva a escribir casi más a menudo que al contrario. Llueve sin cesar y no hay pronóstico del tiempo que lo explique, afortunadamente. Y no estoy en Buenos Aires aunque el día sea invernal, pero sobre todo, no estoy en Buenos Aires aunque tome mate, y lo mejor -o puede que lo peor- aunque ni siquiera sea argentino. Tampoco estoy en Montevideo, aclaro, no sea que algún charrúa amigo o desconocido se pique viéndose excluido. Desde que abres facebook, twitter o el blog se acaba el momento íntimo de escribir, dejas el mate y se entra en otra dimensión, igual de autorreflexiva, pero es como si ahora te mirara todo el mundo, aunque nadie se entere de que estás escribiendo, aunque nadie te vaya a leer nunca. Es una autorreflexión un poco periodística, de crónica más que literaria. El mate se enfría, se hace tereré y solo la lluvia no cambia, con tanto ruido ella ni se entera. El invierno en Tenerife no tiene fecha.